miércoles, 20 de junio de 2018

VOLVERE EN EL CANTO



Cuando en mis pupilas todo sea oscuro,
y de sombras vagas me deje habitar.
Cuando esté mi cuerpo frío cual un muro,
y el cerebro, inmóvil, no pueda pensar.

Cuando no halla luz para mi futuro,
ni logren, mis labios, moverse, al hablar.
Cuando ya no admire el cielo más puro,
ni vuelva, los trinos, alegre, a escuchar.

Cuando sea sombra, acaso, y olvido,
y para mis cosas no exista lugar…
Volveré en el canto, idea y sonido.

Iré, con mi muerte, tu voz a escalar.
Seré, en el aire, verso florecido.
abriré mis alas y hecharé a volar

PLEGARIA




Dime ¡Ho Dios! hasta que inasible altura
debo ascender para obtener tu gracia.
¡Es tan breve y tan grande la distancia
del pobre devenir de mi estatura!

Que al liberar mi alma en tal oscura
fuente de desamor y de falacia,
solo quiero tu paz ¡Dame constancia!
Para alcanzarte ¡Ho Dios! ¡Dame bravura!

Que al elevar cansada mi mirada,
hacia tu cielo azul y luminoso,
halle el sitio ideal a mi reposo.

Que al hundirme en las sombras, liberada,
sea la vida un sueño silencioso,
sea la muerte un vuelo esplendoroso.


ERAMOS...




Éramos la punta de una espada.    Éramos el radiante sol altivo.        Éramos los olores fugitivos                     Y el eterno fluir de la cascada.
Éramos el otoño sensitivo.
La flor, entre las flores, desmayada.
Éramos grito, canto y campanada.
Éramos lo remoto y lo furtivo,
De los trenes que parten, del olvido,
Del desértico andén descolorido.
Éramos la tristeza del instante,
Lo marginal, alegre e inconstante.
La fecunda riqueza del sonido.
Éramos la llama de lo vívido.


TU CULPA EN EL SUICIDIO



     
¿Adónde fue a parar tu idolatría
o tu poca versión de lo que anida
el corazón?. Los ruidos y la alquimia
en aquellos lugares que convidan
a ser tan honestas y tan gráciles
criaturas del Dios que te dio vida.

Miles de calorías desaparecen.
El dolor que marchitó tu estrella
busca que el sonido lo encandile.
qué lo haga realidad, o lo ironice.
Un pedazo de lágrima que invierta
la estatura de tu hipocresía
en algo, realmente, perdonable,
para el Dios que un día convocaste.

Él no está y no hay milagros,
ni llantos, ni mentiras, ni artilugios,
ni brujas desdentadas, ni hadas milagrosas.
Ni siquiera, toda tú culpa, volcada en el adagio
de la mansedumbre de un suicidio.

No hay libertad ni sentimiento
que avale la estructura de tu miedo,
ni tampoco razón o argumento
que equipare tu culpa con un cielo.
Necia ideología del silencio
donde se basan todos los absurdos.
en pequeños fragmentos.


LA MUERTE, YA, CASI NO IMPORTA...



Y, de pronto, en la gris y absorta
Tarde de julio, incontenida,
Vuelvo al silencio que me anida,
Vuelvo a la espera que soporta;

La lluvia leve, que transporta,
En breve, palpitante herida,
Resume, así, toda mi vida:
LA MUERTA, YA, CASI NO IMPORTA.

Pues ¿qué más tengo o qué tuviera?
¡Mi Dios! Sino ésta sola, inerte,
Sombra de calle que yo erijo.

Que va, que viene o que viniera,
Cual claro juego de la suerte,
En pos de un río desprolijo


SERÁ LA VIDA QUE ME PESA TANTO...


Será la vida que me pesa tanto,
o el eterno fluir de circunstancias.
Van mis horas perdiendo su prestancia.
Va mi tiempo negándose al encanto.

Con mi piel, con mis huesos, con mi canto,
mi tesón y mi orgullo en disonancia:
mi eterno disentir con la distancia,
y el corazón, sumiéndose en el llanto.

Tal vez ha sido adversa la estocada.
Tal vez erré al desenvainar la espada.
Tal vez, tal vez, si todo fuese cierto.

Si hubiera la alegría de algún puerto,
surgiendo, en la ciudad iluminada,
volvería a ser canto y llamarada.



PRESENTIMIENTO



Tengo un presentimiento peregrino
que deviene a mi mente de algún modo,
que lo apaga y oscurece todo;
fantasmal existencia que adivino,
confabulada obcecación del alma
que une los objetos de la calma.
Lenta, la oscuridad ciñe al silencio
y desdibuja sombras, esparciendo,
sonidos de pasos, sobre pasos ciertos;
ráfagas de aire, el aire encendiendo,
transitando el loco vendaval del viento.

Es este miedo que lo envuelve todo.
Este miedo genético y sin prisa
que va, desde mi estática sonrisa
hasta tu muerte, hallada en un recodo.
Mi corazón deduce, de ese modo,
al retornar lo grave de su urgencia;
desde el primer destello de existencia
hasta el andar esquivo de la suerte:
¡Página en blanco!! ¡Corazón inerte!