sábado, 16 de junio de 2018

SUICIDIO



  
Para disimular los ladrones de la noche
y forzar las cerraduras,
plegando las incesantes sombras
que retienen, la voz que clama,
debajo de los pies.
Para contener el hocico de la bestia
en la intemperie del infierno,
bajo el ala inasible
de la primer primavera
que exhibiste,
en los oscuros laberintos de tu suerte,
sin colores y sin ley.
Para ocultar el frio miedo
que aguarda, 
en el umbral de los naufragios,
el desamparo de las decepciones.
Para enfrentar la máscara 
indescifrable del destino,
acorralándote
contra tus precipicios.
Te inmolaste en el fondo de la noche cerrada,
que desplegó su cola de faisán,
como un abanico de colores
y lágrimas saladas.
Armaste una hoguera con todas tus edades,
sin conceder tregua a las estrellas
ni al desconcierto de la luna,
que quería estrechar tus alas
con su luz de plata.
Con ademán ligero resolviste,
sobre el paño blanco de tu desventura,
el dolor que golpea 
más allá de las lágrimas,
y marchita los rostros
con risas sepultadas
¿Qué vacío infinito habitó tu alma
en el instante mismo en que el cielo 
y la tierra se abismaban?
Se amontonaron los gestos,                                                                                los llantos y  las lamentaciones,
en el páramo donde rechazaste 
el canto de los pájaros, 
y el aroma de las flores.
Ahora yaces en tu región de pena,
bajo el paciente polvo que te integra.
Al borde de una luna menguante
reflejada en la arena.
Conformando montículos estables
de barro y de brea.
Piadosamente perdonado. 
por el mismo Dios que negaste,
olvidando, en tu absurda caída,
que eras chispa divina.
Yaces, queriendo ser luz
y siendo sombra,
enroscando la razón de la vida
en vanas telarañas de inconciencia.
y ceremonias de agonías.



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