Los dejaste entrar
Les abriste
De par en par las
puertas
De tu cielo.
Los dejaste invadir
La divina morada de
tu cuerpo.
-Esa ínfima región de
eternidad
Que abarcaba el
contorno de tus sueños-
Los dejaste
crecer, copular,
Reproducirse,
Aun a costa de tu propio
aliento.
Anfitrión
hospitalario
De tu piel, que
apenas contenía
Lo crucial de tu
intento,
Pulsaste hábilmente
Los resortes oscuros
de tu miedo,
Y pusiste a prueba tu
cabeza
Y tu cuerpo,
Desde los pies al
cuello.
Sonrieron, gozosos,
Los inasibles
huéspedes
De tu abismo
interior.
Esos seres pequeños,
Malignos, ponzoñosos,
Hurgaron, con frías
uñas,
Tu cíclico candor.
Entonces,
Quisiste echarlos,
Hacer que se fueran,
Rechazar su ejército
Con todas tus
fuerzas.
… Pero fue débil el
gesto
Y tardío el ademan
De tus ojos, cansados
y dolientes.
…. Yo estuve a tu
lado.
Yo remonte la noche
junto a ti.
Fui remando
contigo el llanto
Y el silencio.
Con un fardo de
espinas
Y un jirón de piel
entre mis dientes fríos,
Alenté la llegada del
ángel,
Que despejó las
tinieblas,
Soltó tus mordazas,
Cortó las cadenas,
Arrancó de pleno
todas tus amarras…
Y fuiste
un ave,
Que subió a los cielos
Con sus propias alas.

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